Esta sensación de apocalipsis no nos abandona

 

Querido Coronavirus,

No podemos verte. Sos un gran abstracto, pero has sido capaz de darnos el peor miedo: uno quizás desconocido por la extrañeza de la situación, las pocas armas que tenemos para enfrentarte y porque, gracias a tu aparición, nos abruman demasiadas cosas al mismo tiempo.

¿Cómo será el futuro próximo?

¿Me contagiaré? ¿Acaso alguien querido? ¿Tendremos que prepararnos para llorar la ausencia de quienes amamos? Pero no sólo se trata de este terror físico, también a lo que seguirá. ¿Cómo nos aseguraremos el dinero que necesitamos? ¿Qué cosas de las que sabemos hacer serán necesarias, importantes? ¿Qué, de mis costumbres, mi estilo de vida, ya no tendrá más sentido en la vida que viene?

Unas mañanas me levanto poderosa. Infinitamente optimista y confiada de que vamos a encontrar una salida a todo el desastre que se avecina. Es verdad que todo este asunto se ha intensificado a través de la anticipación -un poco esquizofrénica- que, gracias a la globalización, hoy podemos intuir. No sólo es saber lo que puede ocurrir, sino verlo en tiempo real, sufrirlo a la distancia, temerlo y esperarlo como el fin del mundo.

Esta sensación de apocalipsis no nos abandona y, sin embargo, podemos ir a hacer algunas compras, cocinar los alimentos, leer libros, ver películas, escuchar música. Podemos hacer todo eso que más disfrutamos en la propia casa, pero también es cierto que las caricias tienen otro sentido, uno más urgente, más despierto.

Acaricio a las personas con las que vivo como si se me fuera la vida en ello, sintiendo las yemas en la piel tibia, las venas apenas palpitando, los vellitos desplegarse por la piel como una tela ligera. Nos tomamos las manos en un intento de darnos calma, de estar presentes, de entender algo a pesar de no saber casi nada con respecto al futuro. Nos sentamos a la mesa, nos lavamos los dientes, hacemos una siesta con la sombra flotante de que la vida también es esto o lo que es más tenaz: que la vida no es más que esto. Este respirar aquí y ahora, este no saber, este temer, este sentido aumentado de la fragilidad.

El perro está más atento que nunca, parece un centinela cuidando a su tribu y va y viene de la ventana al pie de la cama para revisar que todo siga en calma.

 

 

Manuela Lopera

@manuelopera

 

 

 

 

 

Laura Cañas

 

 

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