¡Devolvámonos para Colombia!

 

Hola Coronavirus,

Te escribo desde Colombia y debería estarlo haciendo desde EEUU, específicamente desde Nueva York, la ciudad donde mi novio y yo iniciaríamos una aventura viviendo juntos y donde, según nuestros planes, viviríamos hasta finales de julio de este año. Pero no dejaste.

Viajamos con toda la ilusión de apostarle a nuestros proyectos, pero no contábamos con los tuyos, que además de adueñarte de vidas, no te percatas de todos los sueños que arrastras con tu paso.

Cuando nos fuimos sólo estabas en China y Corea, te subestimamos. Pero rápidamente cruzaste fronteras y un día, en las noticias, ya estabas ahí, tan cerca. Pensamos que estando en un país que es potencia mundial todo estaría bajo control, pero, ¿de qué sirven ejércitos y millares de armas contra un enemigo invisible y silencioso?

No duramos un mes allí. Comenzaron a cerrar todo, las calles empezaron a estar extrañamente vacías en la ciudad que nunca duerme y en los supermercados ya no encontrábamos algunos alimentos. Veíamos las noticias: 1.000 casos en la ciudad, 3.000 contagiados -empecé a tener los síntomas- 4.000… Fiebre, tos. ¿Estaré infectada? Perdí el gusto y el olfato. Estar enfermo y no poder ir a un hospital porque es más riesgoso, es una de esas ironías de la vida que te dan sólo ganas de llorar.

En una semana habías infectado a casi 7.000 personas. ¿Dónde nos atienden si nos pasa algo? ¿Quién nos va a ayudar si no tenemos familia aquí?¿Cómo sobreviviremos en un lugar donde todo cuesta cuatro veces más que en nuestro país?

La respuesta la dio Daniel, mi novio, al despertarse el jueves 19 de marzo: “¡Devolvámonos para Colombia!”, dijo. Yo no podía creerlo. ¿Y todos nuestros planes? Pero su determinación estuvo impulsada por la noticia de que, a partir de ese fin de semana, cerrarían los aeropuertos y ningún colombiano podría entrar al país. Estaríamos “prohibidos” en nuestra propia patria.

Fuimos rápidos como nunca. Empacar, hacer vueltas, comprar tiquetes, tapabocas, y así estuvimos en Medellín al siguiente día. Nunca olvidaré ese viernes, todo parecía irreal, “deben aislarse dos semanas” dijeron en migración, un tiempo de total encierro que se cumple hoy. No hemos podido ver a nuestras familias y se siente extraño estar en la misma ciudad y no poder visitarles. Mi salud ha mejorado y hace ocho días, después de varios intentos inútiles, logré que me hicieran la prueba para ver si habías usado mi cuerpo como hogar de paso, pero aún no ha llegado el resultado.

Ahora vemos las noticias de allá desde acá, las cosas se salieron de control -o en realidad nunca lo hubo- y hay más de 100.000 infectados hoy en la capital del mundo. En Colombia, hasta hoy, hay 1.100 y eso nos hace pensar que tomamos la decisión correcta, pero las dudas siguen rondando en la cabeza. ¿Podemos llamar a lo que pasó instinto de supervivencia? ¿Ganamos la batalla y somos sobrevivientes?… ¿Cuándo voy a volver a abrazar a mi mamá?

Nadie sabe cuándo pararás; cuándo, por fin, te morirás y nos dejarás en paz… Hay quienes piensan que llegaste para dejarnos un gran cambio de mentalidad. Yo, mientras tanto, pienso que el costo que pagamos por eso es demasiado alto.

 

 

Liz Gómez

@milky.wai

 

 

 

 

Daniel Puerta “ElCari”

 

 

 

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